Es como quien dice “mamá” y “papá” y no usa “viejo” y “vieja” o “padre” y “madre”.
Es como quien pregunta “¿y vos qué querés hacer, quién querés ser cuando seas grande?”.
La idea esta de estar creciendo y estar aun en pelotas en la vida pero ya tener veintilargos.
De ver a chicas que son madres a tu edad.
De ver a gente que encontró a su media naranja.
Una profesión consolidada.
Están también los otros, nosotros, con edad “de ir sentando cabeza” y sentir que el clic no llega, que uno no se encuentra, que el buen laburo no aparece y el amor se equivoca cada vez más seguido.
Esos “adulescents”, como alguna vez me definieron.
Esos que no están en las novelas literarias. ¿¿Por qué si hay relatos de iniciación como The catcher in the rye o El juguete rabioso no se lee mucho sobre esta etapa de perdición antes de la temida alienación de la adultez??
De aquellos que ya estudiamos, que ya trabajamos bastantes años, cargamos con responsabilidades, vivimos solos, vivimos lejos...y, aun así, no nos llega la sabiduría de toda esa experiencia.
Vivimos esa segunda adolescencia porque ya sabemos que el mercado te come, el dinero es una mierda y todo se reduciría a ceder o morir. ¿Qué nos queda? ¿Cuál es el refugio?
Y frente a eso, están los que hacen como Campanita, que agarran sus alas y vuelven al kilómetro 0. Para ver si, por ahí, de casualidad, en el punto de partida es más fácil contestar algunas preguntas.
Y vuelve Campanita y ella espera, tal vez, encontrarse con esa otra que era al partir, menos desilusionada y sarcástica porque creía que el amor y la consagración con una profesión virtuosa la llevarían a esa adultez feliz, de independencia de los padres y realización personal. No es que Campanita antes leyera a Paulo Coello, pero se puede decir que era una niña contenta, llena de sueños gigantes. Y Campanita vuelve y resulta que esa pibita tierna no está y se da cuenta de que todo cambió. Que, aunque parezca caro, un alfajor ya no está más a cincuenta centavos ni existen las pizzas por dos pesos ni los menús porteños a 1.99. Que el tiempo pasa pero que no siempre “nos vamos poniendo viejos” ni sabios. Y que a veces es difícil saber por dónde seguir cuando se camina con menos ilusiones en los bolsillos y no es fácil encontrar placebos para curar los desengaños ni brújulas para orientarse y se sabe que hay que dejar de escapar. De una vez por todas.
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